La Constitución no ha sido
reformada -excepto para imponernos el neoliberalismo- desde su promulgación
pero ha sido toquiteada, sobeteada y emputecida durante todos esos años y a
manos de casi todos los Gobiernos para conseguir que dijera lo que en cada caso
interesaba. Aspectos sustanciales, no han sido cambiados siguiendo el rígido
protocolo legal establecido, sino de rondón y a favor del poder casi siempre.
Una reforma de la Constitución sólo
puede tener por objeto aplicar el lema de la RAE a la democracia. Una reforma
tendría que limpiar, fijar y dar esplendor a un régimen democrático que ahora
mismo es percibido como una baratija de latón por muchos ciudadanos. Y no es la
parte menos importante la que atañe a los resquicios de impunidad que los
políticos se han ido labrando, legislatura a legislatura, hasta lograr que los
desmanes, los robos, la sinvergonzonería y el delito les fuera saliendo más o
menos por la cara.
Una reforma de la Constitución
tiene pues que resolver en serio no solamente todas las manipulaciones
posteriores que han permitido al poder político inmiscuirse en el judicial
sino, además, contener conceptos por los cuales estas sibilinas maniobras no
puedan volver a producirse. No se trata ya de si volvemos al primitivo diseño
del CGPJ o al engendro resultante de las manipulaciones políticas que tenemos
ahora. No. Se trata ya de diseñar un gobierno del Poder Judicial adecuado no
sólo a sus verdaderas funciones sino que tenga en cuenta cuáles son las aviesas
costumbres de los políticos para no permitirles poner sus sucias manos de nuevo
encima. Los políticos han ido poniendo las larvas en diferentes lugares para
ver si las larvas terminaban infectando todo el sistema. Y no les ha ido mal.
¿Y cómo harían esto si los dos
partidos mayoritarios no solamente han sido responsables de este dislate
democrático sino que además siempre piensan en lo conveniente que será cuando
gobiernen ellos? Regeneración, dicen, pero cuando hace unos meses Gallardón le
dio un machetazo a la independencia judicial con su nuevo modelo de CGPJ -que
nada tenía que ver con sus promesas electorales- el PSOE se lo protesto pero
enseguida pacto su cuota de poder en el organismo. Regeneración, dicen, y
cuando quieren aplacar la protesta contra el abuso del aforamiento, saltan y
dicen en el PP que reducirán el número de aforados pero, claro, sin tocar el de
los políticos que es el problemático sino acudiendo al de jueces y fiscales que
no le ofrece ningún problema ni al sistema ni al ciudadano. Regeneración,
dicen, y nos acaban de colar en el decretazo omnibus la forma de nombrar jueces
a dedo cuando les interese.
Estamos cayendo en un uso peligroso del lenguaje. Pernicioso, populista y medioverdadista. Los medios de comunicación tienen una gran responsabilidad a este respecto, pero también la tiene el ciudadano, que debe aprender a distinguir la paja del grano y no quedarse con lo primero que le cuentan. Porque, muy probablemente, sea mentira.
Como de neolengua estamos curados, no vamos a detenernos en ella.


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