martes, 9 de febrero de 2016

Cuando lo expresado genera más conflicto, es cuando la libertad de expresión cobra su verdadero sentido como derecho

En estos días estamos viendo cómo mucha gente justifica que hayan dictado prisión incondicional a dos titiriteros por hacer una obra de teatro. Tan absurdo como meter en prisión al elenco de El Hundimiento por hacer apología nazi. Claro que esta vez hay dos diferencias. La primera, que es una obra que denuncia la criminalización y la represión. Qué ironía.  La segunda, que es un evento organizado por Ahora Madrid y ya se sabe que todo lo que sale de ahí es presuntamente delictivo, presuntamente culpable.
La Bruja y don Cristóbal  “está protagonizada por una bruja, que representa a las personas de mala fama pública, y que se ve en la situación de enfrentarse a los cuatro poderes que rige la sociedad, esto es: la Propiedad, la Religión, la Fuerza del Estado y la Ley.”
Lo que está sucediendo con los titiriteros es un ejemplo de manual sobre lo que es la hegemonía. Y es que la hegemonía no se mide en porcentaje de votos sino en la forma dominante de pensar de la gente, en su concepción del mundo.
La derecha no sólo gana elecciones. Lo más importante, y al mismo tiempo lo más grave, es que gana las conciencias. Así es como han conseguido hacer creer a la ciudadanía que los derechos humanos y las libertades pueden suspenderse si el número de tertulianos, jueces reconvertidos y políticos que participan en la caza de brujas es suficiente.
Estamos ante una dinámica muy peligrosa. Primero, porque la espiral nunca se detiene y ya cualquiera, haga lo que haga, puede ser tachado de cómplice de todo terrible delito. Segundo, porque manda un mensaje de miedo y genera un contexto de menos libertad para representar una obra de teatro como a cada uno le de la gana. A ver quién es el listo que hace a partir de ahora un chiste sobre determinados temas, ¡o incluso una crítica!, cuando la amenaza de denuncia sobrevuela tu cabeza ¿Cómo combatir esta fanática espiral? Desde la respuesta cultural, claro está. Y para eso necesitamos a valientes, no a cobardes. Necesitamos que no se normalice este atentado contra la libertad, y para eso sólo vale la impugnación total de lo que está sucediendo. Ninguna concesión, por pequeña que parezca, a quienes quieren normalizar esta nueva inquisición. Nada de medias tintas ni de táctica política. Sólo una firme defensa de la libertad de expresión.
En cuanto a la sátira transmitida por los titiriteros en su obra, la Unión de Actores y Actrices ha aplaudido la representación al entender que “cuando lo expresado genera más conflicto, es cuando la libertad de expresión cobra su verdadero sentido como derecho”.
 Los intérpretes habrán podido realizar una obra artística “inadecuada, excesiva y todo aquellos que se nos ocurra”, pero que, “respetando la independencia de la justicia”, la decisión de detenerles ha sido “excesiva”. Una interpretación judicial “que actúa de límite a la actividad creativa, estableciendo criterios penales a la diferencia de opinión y trasladando a sus creadores a la cárcel de manera preventiva”.

Quiero ser Progresista

Ser progresista políticamente hablando es, defender un proyecto político basado en ideales de justicia social y derechos humanos. Es tener una aspiración ético-política sobre la sociedad del futuro. Pocos recordarán, a estas alturas, que el socialismo y el movimiento obrero fueron los responsables de mantener viva la llama de los derechos humanos desde 1794 hasta 1948. Y lo hicieron a un coste muy alto. Pero ser progresista políticamente hablando es, también sentirse parte de la misma historia de los que luchan por un mundo mejor.
Es verdad que el materialismo histórico está tan dañado como la modernidad, que nos trajo guerras mundiales y bombas atómicas y no un paraíso terrenal. Pero también es verdad que sin principios, valores ni gente que lucha este mundo se hundiría en la competición salvaje del sistema más insaciable e inhumano que ha existido: el capitalismo.
Y para desplegar este/nuestro proyecto nos juntamos unos con otros; nos organizamos. Lo hacemos en los centros de trabajo y en las calles, en los institutos y facultades, en los pueblos y en las ciudades, y en todas partes construimos organización. Una organización para transformar el mundo en el que vivimos, para que nuestra gente abandone el reino de la necesidad y alcance el reino de la libertad. Por eso estudiamos, pensamos, debatimos y enseñamos, para tener ideología; y por eso elaboramos estrategias y tácticas, para convertirla en realidad. Miramos a las encuestas y a los resultados electorales, sí, pero mucho más el mundo real que nos rodea.
Por todo ello, en estos momentos en los que nuestro país se juega tanto, un orden social y las formas de vida de las próximas generaciones, muchos vamos a dar la batalla.