Ser progresista políticamente hablando es, defender un
proyecto político basado en ideales de justicia social y derechos humanos. Es
tener una aspiración ético-política sobre la sociedad del futuro. Pocos
recordarán, a estas alturas, que el socialismo y el movimiento obrero fueron
los responsables de mantener viva la llama de los derechos humanos desde 1794
hasta 1948. Y lo hicieron a un coste muy alto. Pero ser progresista
políticamente hablando es, también sentirse parte de la misma historia de los
que luchan por un mundo mejor.
Es verdad que el materialismo histórico está tan dañado como
la modernidad, que nos trajo guerras mundiales y bombas atómicas y no un
paraíso terrenal. Pero también es verdad que sin principios, valores ni gente
que lucha este mundo se hundiría en la competición salvaje del sistema más
insaciable e inhumano que ha existido: el capitalismo.
Y para desplegar este/nuestro proyecto nos juntamos unos con
otros; nos organizamos. Lo hacemos en los centros de trabajo y en las calles,
en los institutos y facultades, en los pueblos y en las ciudades, y en todas
partes construimos organización. Una organización para transformar el mundo en
el que vivimos, para que nuestra gente abandone el reino de la necesidad y
alcance el reino de la libertad. Por eso estudiamos, pensamos, debatimos y
enseñamos, para tener ideología; y por eso elaboramos estrategias y tácticas,
para convertirla en realidad. Miramos a las encuestas y a los resultados
electorales, sí, pero mucho más el mundo real que nos rodea.
Por todo ello, en estos momentos en los que nuestro país se
juega tanto, un orden social y las formas de vida de las próximas generaciones,
muchos vamos a dar la batalla.

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